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Siluetas de la innovación en la formación profesional

por Recursos Humanos0 Comentarios

El concepto de innovación ha sido adoptado por nuestra sociedad como un atributo de casi cualquier estrategia organizacional o incluso personal, de actividades y productos diversos, o de actitudes y habilidades. El cúmulo de premisas y supuestos derivados del término en ocasiones resulta trillado y poco claro. Ciertamente que la afirmación “lo único constante es el cambio” es el camino para el progreso de toda institución. Pero “innovar” no tiene el mismo significado en distintos contextos, industrias o épocas a lo largo de la historia. Desde la perspectiva etimológica, innovación viene del latín innovatio, que quiere decir “crear algo nuevo”, pero la amplitud del concepto permite incluir diversos inventos, propuestas, estrategias, etc…

Independientemente del concepto específico que tengamos para la palabra, hablamos de un proceso, y este, como todo proceso, se descompone en etapas, que sirven a las instituciones para transformas las ideas en:

  • Productos.
  • Procesos.
  • Servicios.

Una innovación, desde el punto de vista de educación o formación profesional,

implica la implementación de un cambio significativo en el proceso de enseñanza-aprendizaje, de los materiales empleados para el mismo, de los métodos de entrega de las sesiones, de los contenidos o en los contextos que implican la enseñanza (López & Heredia, 2017). Y hablar de educación incluye el proceso de formación continua que seguimos quienes estamos profesionalmente activos. Y, de alguna forma, a todos quienes formamos las diversas sociedades, debiendo ser aprendices constantes, aprendices a lo largo de toda la vida o Life long lerners.

No es exclusivo de nuestros días hablar en términos de calidad, mejoras, innovación. Estos términos, por lo menos en gestión de empresas tienen ya un buen camino recorrido. Por ejemplo, si recordamos el famoso método Kaizen (que por supuesto sigue siendo vigente), sabemos que es una metodología cuyo origen está en el Japón de la post Guerra. Estamos hablando de los años 50´s, década en la que la situación mundial tenia especial enfoque en la productividad, el desarrollo e impulso de las empresas explorando nuevos métodos para mejorar los resultados. Es en esta época, que también vemos nacer las propuestas de Deming o Juran, y que durante la década de los 80 fueron una verdadera revolución de pensamiento en muchas organizaciones de todo el mundo.

Más allá de comparar una institución educativa o centro de formación, con una empresa meramente productiva o del primer sector,

reflexionemos sobre los términos de “calidad educativa”, «innovación educativa” e «innovación en la formación profesional». Por si solos calidad e innovación, no son resultado de una época complicada. Por denominar de alguna forma los eventos desafortunados que sin duda hemos vivido en cada país en los últimos meses. La cultura de mejora continua, calidad e innovación ya formaban parte del argot de las organizaciones décadas atrás. Términos y conceptos en las cuales fuimos formadas profesionalmente varias generaciones.

Sobre este punto, es importante reflexionar sobre:

 

  • ¿Cuántos de quienes formamos parte o hemos formado de las universidades como catedráticos, cuestionamos nuestros propios métodos, contenidos, modelos de compartir conocimiento?
  • ¿Cuánto ha cambiado el modelo de capacitación corporativa en la última década por ejemplo?
  • ¿Cómo es que cada institución o empresa colabora con sus equipos y/o aprendices para promover entornos en los que se pueda cuestionar el sistema, al grado de estresarlos para detonar creatividad y con ello identificar innovaciones posibles?

Cada entorno es distinto por uno o mil detalles, y no hablo solo de universidades, sino de cualquier centro en el que se imparta y comparta conocimiento / formación, por ello la preguntar sobre:

  • ¿Qué es lo que nos falta para modelar y enseñar aprendices a llevar sus ideas, propuestas, por una ruta de innovación?
  • ¿Es que estamos exigiendo siempre resultados favorables, medibles, excepcionalmente exitosos, sin contemplar que para llegar a ello tenemos altas posibilidades de transitar por el camino de los errores y dificultades?.

Las metodologías sobre calidad o mejora continua han tenido por suerte un sinfín de actualizaciones,

ajustes a distintas industrias, adaptaciones y por supuesto simplificaciones, apropiándose de uno de los principales principios de la mejora continua “mantenlo simple”. Los requisitos para casi todas las metodologías están en la misma línea: apoyo desde la gestión para llevar a cabo la implementación, métricas, retroalimentación, procesos claros, definidos y con un responsable asignado, ambientes que favorezcan la implementación del proceso; algunos mas y otros menos, pero en general se habla de lo mismo.

Y, ¿que pasa con el proceso de mejora de la educación?, sin profundizar en los procesos:

  • Pedagógicos (aprendizaje de niños)
  • Andragógicios (aprendizaje de adultos) o,
  • Heutagógicos (aprendizaje autodeterminado)

Podemos describir el proceso de formación / capacitación profesional y señalar cuanto ha variado, como hemos llevado a nuestros equipos de trabajo a adquirir nuevas habilidades y destrezas?, ¿cómo desde la organización logramos motivar a nuestros colaboradores para proponer, para llevar a los sistemas actuales al limite o estresar el sistema?, por ejemplo en la última década.

En la innovación de la formación profesional, también aplica “si entran datos erróneos, obtendrás datos erróneos”.

¿Qué hacemos con las encuestas que aplicamos al final de cada curso? O ¿las aplicamos?, otro de los principios básicos de la mejora continua es “si entran datos erróneos, obtendrás datos erróneos”. Por ello, la complejidad o simplicidad con la que sean abordados los procesos formativos, desde la planeación o análisis del mismo, hasta la evaluación, como proceso constante, como continum, debería atenderse de manera puntual respondiendo a las necesidades específicas de la institución de la que se trate y considerando los perfiles y características especiales de cada aprendiz.

“El logro del propósito no depende de la tecnología que se usa, sino del planteamiento del problema que se quiere resolver, o del resultado que se quiere obtener”.

(Sanchez M; Escamilla, J. Sanchez, M. 2018).

Ciertamente es importante reconocer el valor y las aportaciones que las nuevas tecnologías hacen al proceso de enseñanza – aprendizaje en cualquier etapa de la vida, también sabemos de las inquietudes y cuestionamientos que continuan en la mesa al respecto de su incorporación y uso excesivo. Usar una tecnología determinada en el aula, o con un grupo de aprendices puede suponer una gran innovación, y sin embargo esto no llevará necesariamente a mejorar los resultados del aprendizaje en ese grupo. Que la estrategia esté claramente justificada y encaminada al logro de objetivos claros es la piedra angular para propiciar en el grupo un aprendizaje significativo.

¡Queremos escucharte!

Escríbenos a: contacto@poliedrolab.com.mx

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